CUANDO EL PIE ENCONTRÓ SU CABEZA

CUANDO EL PIE ENCONTRÓ SU CABEZA

Rafa Forteza

28 Junio - 07 Septiembre, 2017

Texto

 

“Me gusta la complicación porque da la sensación de no determinar nada. Que el espectador sienta que yo tampoco llego a nada y que en la sugerencia estribe todo. Esos es para mi ser honesto en el decir.”

Rafa Forteza1

 

Perder la cabeza, perder pie. Sinónimos de un estado alterado provocado por la ausencia, por la anulación de un elemento dentro de la unidad de un cuerpo. El pie simboliza la parte física del cuerpo y es la base en contacto con la tierra, sobre la que se sustenta todo su peso en equilibrio. La cabeza por el contrario, en contacto con el aire, es la imagen de lo racional, del pensamiento y de la imaginación. Evocan funciones independientes, que se necesitan una a la otra, como cada pie requiere de una cabeza para activar su movimiento o cada cabeza precisa de un pie para no caer. La obra de Rafa Forteza se basa en la búsqueda por medio de la composición y la acumulación de elementos de esa unión indisociable entre el pie y la cabeza, entre fragmentos de distinto orden que crean cuerpos complejos, en un proceso constructivo que se activa en cada nueva obra.

Sus esculturas son ensamblajes de elementos diversos que entrelaza en estructuras verticales en un aparentemente inestabilidad, desafiantes a las lógicas de la física, que reaccionan vibrantes y temblorosas al deambular del visitante. Construidas sobre el principio de acumulación de elementos, en ellas encontramos todos tipo de materiales: elementos que cuidadosamente ha seleccionado de la naturaleza atraído por sus cualidades matéricas, se unen a otros fabricados industrialmente. No se trata de meros objetos encontrados duchampianos; en Forteza todo debe pasar por una periodo de convivencia en su estudio tras el que se opera una transformación por medio de la adhesión o extracción de materiales, el pliegue, el corte o la aplicación de pintura. Sin una base o peana accesoria, cada elemento va depositándose uno sobre el otro, encontrando su posición y función en la estructura, hasta crear una unidad autónoma con su propio pie y su cabeza; una estructura final determinada y unívoca, que no obstante podría entrar de nuevo en contradicción en un próximo movimiento. Trabaja sobre varias esculturas al mismo tiempo, combinando sus diferentes elementos constitutivos y provocando cambios que pueden afectar unas a las otras, en un ensayo de composiciones infinitas que tiene mucho de orgánico y natural, de contagio; como la misma apariencia de esas esculturas. Entre ellas, llaman poderosamente la atención unos rostros deshumanizados con características exacerbadas que parecen interrogar al espectador con sus largas narices y sus cavidades abiertas en forma de ojos y bocas. Nos hablan de los sentidos, de la importancia del percibir en una obra caracterizada por la provocación visual y táctil del espectador, que puede tocar algunos elementos, pesarlos, sentir su ligereza o incluso cambiarlos de posición para generar un nuevo orden.

 

Su obra pictórica se basa también en la puesta en relación de múltiples elementos abstractos diversos con los que elaborar innumerables combinaciones que llevan al límite las posibilidades de la composición, el ritmo y un amplísimo cromatismo que abarca desde los negros profundos hasta fosforescencias. Sobre fondos de color plano, consigue generar una falsa sensación de realidad; la ilusión de un espacio por medio de la adición de elementos y de la superposición de capas y capas de pintura. Formas geométricas y manchas circulares de pigmento, combinadas con gran destreza en trazos suaves pero decididos, de gran gestualidad, salen a nuestro encuentro. Papeles y objetos añadidos crean relieves en un guiño por convertir la pintura en algo más, saliéndose de la bidimensionalidad que la caracteriza en stricto senso. La superficie pictórica está formada por fragmentos descentrados, que generan un ritmo lleno de equilibrios y tensiones, pesos y vibraciones, sobre el que nuestra mirada navega para tratar de descifrar una realidad que no existe. En ellas se hace patente que “en la representación que es una obra de arte, no se trata de que la obra de arte represente algo que ella no es; la obra de arte no es, en ningún sentido una alegoría, es decir, no dice algo para que así se piense en otra cosa, sino que sólo y precisamente en ella misma puede encontrarse lo que tenga que decir”2.

 

Reunirse, coincidir en un mismo lugar, generar relaciones, interactuar y conectarse. A diferencia del término agrupar que es más indeterminado, en la reunión existe una relación causal entre los elementos integrantes que se unen con un propósito común. En la galería se reúnen una serie de obras inéditas realizadas en los últimos años, sacándolas del amontonamiento del taller y disponiéndolas en un espacio amplio y diáfano en el que se generan nuevas relaciones y las esculturas se funden con las pinturas en simbiosis. En el proceso de montaje, cada pieza ha ido encontrando su lugar en el espacio, de forma orgánica y sin planificación previa; llevando su proceso creativo, en el que nunca genera esbozos previos, a la sala. El conjunto produce una instalación que quiere escapar a cualquier consideración sumaria, como en toda su obra, de manera casi anárquica. Su obra genera una realidad alucinante envolvente, sinestésica, a través de composiciones, colores y materiales que evocan sensaciones visuales, táctiles y auditivas que nos llevan por un momento al estudio del artista: un refugio en el que se acumulan años de práctica artística, libros de artistas, literatura, poesía y la música que nutre su obra. Suena el jazz de John Coltrane, con sus interminables solos que nos trasladan a otro espacio, y entendemos un poco mejor el movimiento ascensional, casi trascendental de sus esculturas, la descomposición y fragmentación de las formas en su pintura, su capacidad de hacernos viajar a un estado entre la realidad y la irrealidad. El ejercicio que lleva a cabo en la sala de exposición tensiona también el cubo blanco de la galería, espacio arquetípico del arte del siglo XX, ante el hecho de que “hemos llegado al punto en que ya no vemos arte, sino que vemos en primer lugar el continente”3. Forteza trata el espacio de la galería sin reverenciarlo, desbordándolo, anteponiendo la relación que se genera entre las piezas en su centro y sobretodo reclamando la presencia del espectador con el que comunicarse.

 

Encontrarse. Su obra reclama de un tiempo propio y de un verdadero contacto con el espectador, alejado del apresuramiento y la virtualidad de nuestras relaciones actuales. Un afuera de nuestra era capitalista transestética marcada por un universo de superabundancia, de inflación estética, por el dominio del estilo y de la emoción como estrategias que el mercado ha adoptado para captar los deseos del “neoconsumidor hedonista, consagrado a la cultura comercial de la diversión”4. Al contrario, Forteza exige un tiempo pausado de observación y de una voluntad reflexiva; un enfrentarse con la obra sin más indicaciones que convivir con ella y dejarse llevar, buscando la manera de comunicarse. Su obra sucede en el encuentro con el espectador; es un diálogo que como en la literatura produce un espacio lingüístico que nunca está terminado, nunca tiene un comienzo, pero que sucede “cuando se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y de alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder de decir y del poder de oír”5.

 

Beatriz Escudero
Crítica y comisaria de arte

 

1 Cita extraída de una entrevista realizada a Rafa Forteza en su estudio, el 29 de mayo de 2017.

2 Hans-Georg Gadamer. La actualidad de lo bello, Paidós Ibérica (1991), p. 96.
3 Brian O’Doherty. Dentro del cubo blanco, Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo (CENDEAC), p. 20. 4 Gilles Lipovetsky y Jean Seroy. La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico. Editorial Anagrama (2015), p. 23 5 Maurice Blanchot. El espacio literario. Paidos Iberica (1992), p. 31.