The good, the bad and the sweet
Mona Broschár
18 Noviembre, 2022 - 04 Enero, 2023

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

The good, the bad and the sweet, exposición individual de Mona Broschár. Vista de la instalación en L21, 2022.

MONA BROSCHÁR
Balance, 2022
Óleo sobre lienzo

70 x 50 cm

MONA BROSCHÁR
Bff, 2022
Óleo sobre lienzo

50 x 40 cm

MONA BROSCHÁR
Guardian I, 2022
Óleo sobre lienzo

230 x 130 cm

MONA BROSCHÁR
Guardian II, 2022
Óleo sobre lienzo

230 x 130 cm

MONA BROSCHÁR
Hard feelings, 2022
Óleo sobre lienzo

40 x 50 cm

MONA BROSCHÁR
Himmel und Hölle, 2022
Óleo sobre lienzo

220 x 200 cm

MONA BROSCHÁR
Size matter, 2022
Óleo sobre lienzo

30 x 30 cm

MONA BROSCHÁR
Toppings II, 2022
Óleo sobre lienzo

150 x 180 cm

Pasas por delante de una panadería y ves a través del cristal del escaparate un trozo de pastel suave, mullido y delicioso. Una agradable sensación cosquillea tus glándulas salivales mientras entras en la tienda. Antes de hincarle el diente al glaseado rosa y saborear el bizcocho a rayas, tus pupilas ya se han dilatado. El azúcar, el huevo, la leche y la harina pasan por tu garganta liberando dopamina que tu cerebro interpreta como placer, incluso como felicidad. La brillante cereza impregnada de azúcar pone la nota final a la perfecta inyección de energía que necesitas para la tarde.

 

Una hora después, tus niveles de glucosa se desploman. Te quedas con ganas de más de ese atajo hacia un momento de felicidad. Sabemos lo que viene después, tenemos información de los nutricionistas y de nuestra propia experiencia con las golosinas: la adicción, el dolor de estómago, las caries si tenemos mala dentadura, el sentimiento de culpa, el «no debería, pero…», y el «ya sé que es malo para mí, pero un bocado más». La felicidad tiene su lado oscuro, nada es bueno o malo per se. La dulzura habita en ambos.

 

En una reflexión simplista, podríamos decir que el azúcar es un símbolo inmediato del eterno debate filosófico sobre la dialéctica de lo bueno y lo malo. Es a la vez el ángel del hombro izquierdo y el demonio del hombro derecho que te susurra al oído.

 

El (aparente) universo de algodón de azúcar de Mona Broschár no encaja en dicotomías fáciles, sino en la hibridez inherente a la existencia humana. Aunque en algún momento de su trayectoria decidió no representar ninguna presencia humana en sus obras, éstas destilan humanidad por doquier. El irónico título de la obra Size matters, combinado con el color carnoso del pastel, rompe las convenciones de la masculinidad cuando la artista señala lo que podría ser una falda hecha con un vaso de papel de horno plisado. La pieza de salami en Hard feelings se asemeja más a una baldosa de arcilla fabricada por humanos sobre una superficie de mármol, que a un artículo comestible carnoso.

 

Ese entretenimiento de artificialidad y estética sintética se combina con elementos antropomórficos, animales y botánicos para crear realidades ciborg que amalgaman aspectos del entorno familiar de Broschár. Los dos guardianes de la exposición (Guardian I y II), con sus delicados pétalos que rodean discos con forma de dientes y ojos y sus hojas de plumas, son a la vez flora y fauna. Las caras sonrientes del reflejo de los jarrones conectan con el universo digital humanizado de la artista.

 

Los cuadros se trabajan durante semanas, mientras Broschár va añadiendo capas de color para reflejar el volumen, la luz y el ritmo adecuado para que lleguen a su plenitud, para reflejar una sensación de frágil equilibrio. La metodología perfeccionista de la artista se transmite al lienzo, pero más allá del interés por alcanzar ese estadio de realización hay una curiosidad por la transformación que sufrirán después los elementos presentes en los cuadros. ¿Cuándo el agua de ese jarrón empezará a tener una textura gelatinosa y verdosa? ¿Se desprenderá la hamburguesa del cono de helado (ver Balance) y se esparcirá por todo el fondo bicolor?

Las suyas son obras que se sitúan en un espacio entre la realidad y la representación de esa realidad. Para ello, encuentra mediadores que la ayudan a llegar a ese espacio. Por ejemplo, para Himmel und Hölle se preguntó cuál es una de las representaciones más comunes de una cola de sirena que podemos encontrar en nuestra vida cotidiana. Eso la llevó a centrarse en trajes de sirena brillantes, en lugar de en colas de pez reales. En otras obras, como Toppings II, opta por representar la cereza procesada y conservada en azúcar, en lugar de la cereza del árbol.

 

Además de utilizar la artificialidad como intermediaria de la realidad, Broschár, siendo hija de Internet, integra contenidos digitales y de las redes sociales como medio para conectar con elementos de su vida cotidiana. En ocasiones se apropia de forma lúdica de imágenes digitales icónicas existentes (la cereza, las fotos de comida, el fondo degradado) o de lenguajes de las redes sociales para ofrecer un giro argumental a la narrativa en la que está trabajando. La obra Bff toma su título de un hashtag común que suele acompañar a dos almas que se pegan, sonríen y posan juntas en las fotos, como las salchichas cosidas, amigas para siempre.

 

Objetos comunes, una paleta cuidadosamente escogida y ese sentido de hibridez se convierten en piezas de un dominó que conecta las obras entre sí. La humanidad se infunde en elementos comestibles, objetos inanimados y ramos de flores que atraviesan la sala 3 de L21 Palma. En The Good, the Bad and the Sweet, Broschár se ocupa de la transformación y de ese umbral en el que puede capturar elementos en el cenit de su florecimiento, el momento de «poner la guinda al pastel». Todo lo que sucede después de ese instante, está en la mente del espectador para ser creado.

 

Aina Pomar Cloquell

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